
En 1714, el gobierno británico ofreció un premio en metálico a quien pudiera idear un método práctico para determinar la longitud en el mar. En tiempos más recientes, los concursos de innovación abierta han abordado retos que van desde lo tonto (las campañas Crash the Super Bowl de Frito-Lay invitaban a los consumidores a rodar un divertido anuncio de Doritos) hasta lo sustancial (la NFL y la Universidad de Duke han ofrecido hasta 2 millones de dólares por diseños de cascos de fútbol americano que prevengan mejor las lesiones cerebrales). Dichos concursos están diseñados para hacer fluir los jugos competitivos y, por esa razón, los participantes a menudo pueden ver las propuestas de los demás mientras trabajan en la suya propia. Pero una nueva investigación demuestra que, si no se gestiona con cuidado, ese mismo elemento competitivo puede acabar con la creatividad.