
Resumen.
Una vez tuve una alumna en mi clase de educación ejecutiva, directora gerente en un banco mundial, que me contó una historia desgarradora sobre sus primeros pasos hacia el éxito profesional. De adolescente se había convertido en madre, y para llegar a fin de mes había trabajado limpiando oficinas. Aunque tenía que hacer frente a importantes dificultades en casa -cuidar a un niño pequeño mientras se defendía de un compañero maltratador-, siempre aportaba chispa a su trabajo, y pronto llamó la atención de un directivo del banco. Percibiendo su potencial, el director la animó a solicitar un puesto en el banco y a seguir una formación en finanzas, pasos que le valieron la admisión en las filas profesionales del banco y le permitieron empezar a ascender en la escala directiva. Cuando ella y yo nos conocimos, ocupaba un alto cargo en la negociación de acuerdos de deuda masiva y trabajaba junto a colegas que habían empezado en puestos recién salidos de universidades de élite. El trabajo que hacía requería agallas, valor y una profunda comprensión humana, cualidades que me atrevo a aventurar que son más comunes entre las estrellas de las cuadrillas de conserjes que entre los miembros mediocres de los grupos de analistas junior que se contratan cada año saliendo de las universidades.