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Ahorrar dinero, salvar vidas

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Mi revelación tuvo lugar a las siete de la tarde de una frenética tarde de noviembre de 1996. Era el médico tratante en la unidad de cuidados intensivos del Duke Children's Hospital (DCH) de Durham, Carolina del Norte. Una niña de seis meses llamada Alex estaba acostada en una cuna de la UCI con un tubo de plástico rígido en la garganta. Despierta y en movimiento después de una cirugía cardíaca, la niña pequeña estaba lista para salir del ventilador. Mientras Alex se retorcía e intentaba respirar, el ventilador hizo que entrara más aire en sus pulmones. Sus agotados padres se angustiaron. «¿Por qué no puede salir del ventilador?» preguntó su madre. «Porque hemos tenido que reducir el personal nocturno», respondió la ocupada enfermera. «No hay ningún terapeuta respiratorio disponible». Alex estaba incómoda. Recibió medicamentos para ayudarla a dormir y evitar que tuviera problemas con el ventilador hasta que el terapeuta llegó por la mañana. Pero sus padres no dormían; estaban demasiado confundidos y molestos.

A version of this article appeared in the November–December 2000 issue of Harvard Business Review.

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